Eran fechas complicadas y tensas. En ese pequeño recinto asfixiaba el sentimiento de incertidumbre. Decisiones importantes debían tomarse y rápido, no había tiempo para grandes discusiones sobre pequeños detalles. Todos sabíamos lo que era necesario y que a la hora de la hora, mucho sería improvisado. Entre propuestas y discusiones, se asomaban nuestras caras que con el ceño fruncido a más no poder, revelaban nuestro sentir. Hubo golpes a mesas, fuertes tonos de vos, carraspeos, interrupciones, dedos señaladores; era un momento crucial
En eso entró ella, su presencia fue suficiente para que todo cambiara. No fue sólo que llegó y se hizo notar, sino que entró a tomar el control de la situación. Todos volvimos nuestra mirada a su entrada y comenzamos a escuchar sus propuestas y proclamas, todo lo que se le discutía lo respondía con argumentos y cada interrupción o protesta era respondida con un "¡espere que no he terminado!" y nunca se sintió intimidada por nadie. Tenía una seguridad impresionante; parecía como si toda esta situación ella la hubiera preparado con antelación, incluyendo nuestras reacciones.
Se sentó a mi lado, yo nunca la había visto y en ese momento mis nervios por la situación anterior desaparecieron, pero sólo para aparecer multiplicados por tener a esta persona, que aunque pequeña en estatura era una gigante en presencia.
Al día de hoy no sé si lo hizo al propio pero que decidiera ese lugar para sentarse y que yo anduviera una sombrilla, fue lo que cambió todo. Hay quienes dicen que no hay casualidades en esta vida pero que ese día alguien, al día de hoy no supe quien fue, dejara una sombrilla en mi carro y que ella fuera la única que no había llevado, parecía obra del destino.
Comenzamos a hablar por esa razón, nadie reclamó lo que ella necesitaba y ella la pidió prestaba al dueño desconocido. Nos fuimos caminando juntos y así fue el inicio de todo.
Nunca se me olvidará ese ese día, el que quedé completamente enamorado de alguien por una admiración como nunca tuve antes.
sábado, 26 de diciembre de 2015
viernes, 9 de octubre de 2015
Los zapatos azules
A sus avanzados años no creía que alguna vez fuera a comprarse unos zapatos azules; nunca pudo ligar el azul con la tierra.
-Señor, esos zapatos son del color que me pidió. Se le ven muy bien y parece que son de su talla.
Mucho era porque el azul le recordaba a su abuela, y más que a su abuela a los mucho que vivió y lo mucho que aprendió con ella.
Ella era de ese tipo de abuelas que entretienen a sus nietos con los pequeños detalles de la vida, esos que se le van olvidando a todo el mundo.
Podían pasar horas, ella en su vieja mecedora de varillas de construcción y cuerdas de tender ropa y él de tal vez apenas unos cinco años acostado con su overol en el zacate, ambos adivinando las formas de las nubes. Recordaba eso muy bien; ese cielo inmenso infinito en un profundo azul con esos blancos algodones que cambiaban sus formas y lentamente paseaban hacia el horizonte mientras iba aumentando esa picazón en los brazos y en las piernas que producen las puntas del zacate recién cortado.
También había otro azul que le dejaba profundos recuerdos de su abuela, el azul del mar. Ya mayores ambos, pasaban mucho tiempo admirando al mar cuando iban a la playa pero en esos casos no hablaban, no porque no supieran que decir o porque lo hubieran decidido, simplemente sabían acompañarse mientras escuchaban los susurros de las constantes olas marinas. Además él siempre estuvo seguro, aún sin preguntarle, que su abuela disfrutaba tanto como él ver como el mar sabía acariciar tan constante, tan fiel y tan cariñoso la arena que igualmente siempre estaba ahí para recibirlo, como dos amantes que no conocen el tiempo porque sólo pueden pensar en el otro.
Aún así había algo en la mirada de su abuela que él nunca pudo descifrar. Nunca quiso hacerlo, no le llamaba la atención la causa de esa mirada sino la intensidad y la constancia, parecía que siempre estaba esperando algo del mar, como si algo se hubiera ido en sus aguas y ella estuviera esperando su retorno. Podía fijar su mirada en la de ella y en esa mirada parecía que cupiera el océano completo. En esos ojos que habían visto tanto era posible que cupiera tanto misterio como el que el mar guarda en sus inmensidades. Eso él lo sabía, de alguna forma pero lo sabía.
-Ahora que lo noto, señor, esos zapatos además son de casualidad del mismo color de sus ojos. ¿Señor? ¿Le pasa algo, señor?
-Disculpe, me distraje. Sí, es cierto, pero no debe ser casualidad, en realidad son del mismo color de los ojos de alguien más, digamos. Ya verá, hay una historia detrás de esto pero me demoraría mucho contándola.
-Entiendo señor, no hay problema ¿se los va a llevar de todas formas?
-Creo qué sí, sólo quiero saber una cosa, caballero. <sonrío un poco> ¿Son resistentes al zacate y al agua de mar?
-Sí, señor.
-Entonces me los llevo.
-¿Necesita algo más señor?
-Bueno me haría un gran favor al indicarme hacia dónde está la salida. nada más mover mi bastón en esa dirección me bastará.
-¿No gusta que lo ayude a salir, señor?
-No <sonríe un poco más> los ciegos somos más hábiles de lo que parece, no tenemos un gran defecto, sólo pequeñas dificultades. De todas formas, no poder ver no borra los colores ni las formas ni las memorias que alguna vez entraron a nuestra memoria.
-Como usted diga señor. Hasta pronto.
-Hasta pronto, caballero.
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